El Valle del Mantaro
El valle del Mantaro esta delante mío, lo contemplo mientras el río esta sobre la margen izquierda, levanto la cámara y hago una foto, un nuevo encuadre, un nuevo clic y luego otro. No bajo la cámara, miro el valle a través del lente, el río, los árboles y sembríos, las texturas, los colores. Siento una mezcla de recuerdos, infantiles, adolescentes y juveniles, me veo jugando al borde de un cerro de trigo, tengo un cernidor en la mano y mamita Imelda esta conmigo en su zaguán, ambos cernimos el trigo, el cerro de trigo que llevaremos al molino mas tarde para convertirse en harina. Ella me mira con cariño, yo le sonrío y contemplo sus trenzas, será por ello que siempre recuerdo sus trenzas. Me permite jugar con el trigo mientras mi abuelita trabaja en ella, “así no papito –me dice– haz así” y miro curioso sus manos callosas, manos curtidas por el diario trabajo de mujer de campo.
Un grito dirigido a mí, me regresa al trabajo, “ya falta poco para el cañón”, grita el maquinista y a los pocos minutos estamos uniendo dos cerros a través de las rieles del tren, debajo el Mantaro.
Pensé ver un cañón mas grande, pero la sensación de tener al río debajo mío y que luego estará sobre la margen derecha es mágica. Nuevamente el obturador de mi cámara empieza a trabajar, he hecho varias imágenes, quisiera seguir haciéndolo pero no hay mucha película y me han encargado que cuide el material.
Siento el bamboleo del tren y como el viento frío me da en la cara, miro hacia la derecha, hacia el río y una mancha de flores amarillas me recuerda Semana Santa. Hace muchos años, tío Guido, miembro de la hermandad del Santo Sepulcro nos envió a su hijo Lucho y a mí a recoger flores de retama para la alfombra de flores que haría la hermandad. Tomamos un micro que nos alejo de la ciudad, era un poco mas de las tres de la tarde, llovía y caminamos por una trocha llena de barro. La gente nos observaba y huían, corrían a sus casas. Algunos niños nos veían a través de la hoja superior de sus puertas, hasta que sus padres los metían adentro y las cerraban, vi miedo en sus ojos y escuche algunos llantos, pero mi juventud no entendía lo que pasaba. “Lucho, porque se esconden” pregunte. Pero mi primo que recién se daba cuenta del miedo de la gente, me dijo que no sabía. Llegamos al río, recogimos casi un costal de flores de retama y regresamos a casa, en el camino de vuelta, no había gente en el barrio, pero observe las pintas rojas, las hoces y martillos, las arengas a la lucha armada y comprendí el miedo de esa gente y sentí miedo, la aromática flor de retama siempre me recuerda ese miedo.
Delante de mi un nuevo túnel, uno más de los trentaitantos túneles que recorren el tren macho en su ruta de Huancayo a Huancavelica, sólo que esta vez no estoy en el vagón, luego de fotografiar al maquinista, éste me permite salir de la cabina y ponerme en la punta, llevo media hora fotografiando el valle del Mantaro desde aquí. He pasado el cañón y he visto a través de las rieles del tren, el río y sus dos márgenes. Han pasado tantas imágenes como recuerdos en esta media hora, pero ninguno como este túnel. Soy niño nuevamente, algunas lágrimas recorren mis mejillas y estoy nuevamente sobre las faldas de mi madre, ella me dice: “agáchate, agáchate, que viene el túnel” y me agacho y sonrió con esa risa infantil, inocente y dulce. El tren recorre el túnel, mientras recorren mis recuerdos y lloro feliz. Estamos por salir del túnel y estoy en la punta del tren, abro los brazos como Leonardo Di Caprio y soy feliz, muy feliz. El aire frío de la serranía y un penetrante olor a Eucalipto me recuerda que hay fotos que hacer y que estoy trabajando.


Veronica dijo
Hola
Muy bueno tu blog, te dejo un link a un sitio que te va a interesar, es sobre turismo:
Visiting Chile
Seguire leyendote.
31 Mayo 2006 | 04:47 AM